Brad Mehldau y Chris Thile: La extraña pareja

La mandolina es un instrumento que normalmente se asocia, o al menos por lo que a mi respecta, al bluegrass y alt-country/americana. Y no acostumbra a ser solista, almenos sin más instrumentos que el piano acompañándola. Cuando leí que el gran Brad Mehldau venía, de nuevo, al Festival de Jazz de Barcelona mi impulso fue comprar entradas directamente pues hay pocos pianistas (leáse dentro y fuera del jazz) que me interesen tanto. Lo he visto en formato con su trio, en duo con su amigo Joshua Redman, en solitario…pero la verdad es que no esperaba encontrarlo junto a un mandolinista. Dudé, pero si algo tienen los artistas fetiche (para servidor) es la confianza casi ciega en ellos. Así que jugué y gané. Por goleada? Sí, con algunos “peros” pero sí.

Reconozco que nunca había oído hablar de Thile, y para más inri cuando busqué en Spotify referencias suyas me quedé -insólitamente- en la primera: un disco de sonatas de Bach. Supongo que el impacto fue tal que no investigué más, debí decidir (pues no lo recuerdo exactamente) que harían una buena pareja con Mehldau. Por lo que, más o menos, fuí al encuentro de la extraña pareja en el Auditori de Sant Cugat con muchos interrogantes, pero con almenos una certeza: si Brad andaba por ahí malo no podía ser. Luego, al finalizar el concierto, descubrí que mucha gente (o una buena parte de ella) no sabía nada de Thile y venía atraída por el carisma del pianista, con lo cual el riesgo de llevarse un chasco era grande, o no, dependiendo de con qué espíritu venía uno a la cita. Y hubo de todo, desde aficionados que llevaban escrito en la cara “me cago en el tipo ese de la guitarra pequeña”  a otros que supuraban emoción por todos sus poros…

Como mencionaba antes, acudí con solo haber escuchado de Thile su disco de sonatas de Bach, con lo cual cuando empezaron su recital con una sensacional canción de Gillian Welch,  “Scarlet town”, me quedé boquiabierto es poco. El chico de la mandolina cantaba de cojones, así de claro, y con un estilazo, una maestría digna de los mejores maestros de bluegrass o de puro country que uno pueda imaginarse. La versionaza que se marcaron fue de aúpa, y yo me quedé noqueado en mi butaca. “Esto promete”, me dije, sin saber de hecho qué clase de concierto acababa de empezar. Y fue un viaje de lo más variado, desde más versiones de gente como Fiona Apple o Elliot Smith a clásicos de Charlie Parker, canciones propias del duo y broches de oro extraordinarios como la canción que cerró su set, una emocionante y vibrante “Don´t think twice, it´s allright” del maestro de maestros Robert Zimmerman (como lo presentó Thile), aka Bob Dylan. Hubieron eso sí momentos un tanto irritantes en forma de solos de mandolina, de exhibiciones de virtuosismo que si no uno adora por encima de todo a ese intrumento se hacían de difícil digestión. Todo ello acompañado por un contenido, sobrio y espléndido Mehldau, que hasta hizo coros en más de una pieza con mucha fortuna, y que hicieron más llevaderos los delirios de Thile. Fueron pocos, debe reconocerse, y muchos los brillantísimos momentos de delicada conexión entre ambos artistas que, con sus respectivos intrumentos, hacían grande la noche y de paso al festival. Jazz significa muchas cosas, y una de ellas es sin dudar el riesgo, la búsqueda de nuevos lenguajes, de imposibles encajes. Podría pensarse que el de estos dos monstruos pudiera ser uno de ellos, pero su feliz encuentro demostró lo contrario. También debe decirse que, al menos a criterio personal mio, cuanto más dominaba el piano mejor, o almenos cuando estaban ambos instrumentos a la misma o parecida altura. Que fue la mayor parte del concierto, aunque de facto podría decirse que Thile era el solista y Mehldau el rítmico. Su concierto, por encima de todo, fue una feliz fusión de bellas melodías, grandes piezas y de dos virtuosos especialmente inspirados, quedando definitivamente en mi retina (bueno, en mi memoria sonora de hecho) la clase a raudales que derrochó Thile al cerrar el concierto con la versión de Dylan o, ya en la segunda canción del bis, con una nueva y deliciosa versión  de nuevo de Gillian Welch. Un placer, pese a esos momentos en que uno deseaba que se le rompiera una cuerda y dejara solo en el escenario a Mehldau…(fueron pocos, en serio, y de hecho nunca le desearía eso a alguien capaz de cantar y tocar tan bién como Chris Thile).

~ per picanyol a 09/11/2014.

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