Iron Maiden, Anthrax: la noche en que me reconcilié con “The trooper”

Ya, y a vosotros qué demonios os importan mis “problemas” con “The trooper”, verdad? Pues bueno, para mí fue algo indicativo no solamente de las ganas que tenía de reencontrarme con Iron Maiden sino también de qué  clase de noche tuvimos y del nivel que alcanzaron la gran mayoría de canciones interpretadas durante esa velada. O sea, conciertazo. Y con un repertorio que no por sabido (más o menos) fue menos disfrutado. Iron Maiden reinaron de nuevo, siguieron reinando para ser más exactos, algo que vienen haciendo de manera casi ininterrumpida desde hace ya tantos años que me da hasta vértigo decirlo. Con decir que ya se han cumplido treinta años desde su primera visita a Barcelona está todo dicho.

Hubieron otros conciertos antes, que no atendí por falta de interés, y otros tantos después, enmarcados de una manera francamente curiosa. Supongo que Maiden se van haciendo mayores y ya no quieren terminar un concierto pasada la medianoche. O no quieren encontrarse con un público fatigado.Pero de aquí a empezar con luz de día media un abismo, ya que fue francamente ridículo que no pudieran utilizar su iluminación hasta la mitad de su concierto, algo que pienso perjudica a la propia banda. En fin, que después de ver a la doncella de hierro solo me apetecía quedarme a ver a Anthrax, atraído por su repertorio y por su directo a prueba de bombas. Siempre han sido una banda brillante encima de un escenario y la otra noche en el Fórum barcelonés lo atestiguaron de nuevo, respaldados por un repertorio prácticamente perfecto, dominado por su álbum totémico, el indestructible “Among the living”. Fue bonito, la verdad, esas canciones forman parte de mi vida y aunque actualmente no estén muy presentes se mostraron como inalterables al paso del tiempo. La propia “Among the living”, con la que iniciaron su set, sonó fresca, rabiosa, actual. Y además gozaron de un muy buen sonido, hecho que es siempre de agradecer. Bajo sus acordes se despertaron un montón de automatismos que parecían olvidados y pese a tener la garganta ya un poco maltrecha (falta de uso, la edad…) aún quedaban fuerzas para gritar un estribillo memorable. Hecho que se repitió en la inefable “Caught in a mosh”, casi más carismática que la inicial, o en otra joyas de ese inmortal trabajo como puedan ser “Indians” o “I´m the law”. Cayeron además sorpresas inesperadas como la versión del clásico de AC/DC “T.N.T.”, la ya más esperada “Antisocial”, la desenfadada “I´m the man” (que nunca me gustó…) o la también emblemática “Time”. Y, fieles a su manera de ser, tocaron un par de temas de su último disco, uno tirando a discreto (homenaje a Dio y a Dimebag Darrell) y otra más inspirada, onda “Among the living”. En fin, un placer.

Iron Maiden decidieron rescatar la gira del “Seventh son” y a mi, la verdad, no me pareció nada mal. Siempre me ha gustado ese disco, me entusiasmó en su momento y aunque es verdad que el paso de los años lo ha puesto en su sitio (es un buen trabajo, sin duda, con algunos clásicos…pero tiene unas cuantas canciones totalmente prescindibles) tiene suficientes buenos argumentos para hacerte mover el culo, rascarte el bolsillo y pensar que de propina caerán un montón de clásicos. Y que no habrán referencias a discos más allá de “Fear of the dark”. Pese a que me gustan algunos de esos discos, especialmente “Dance of the death”, y que sea consciente de que gracias a ellos han enganchado a un montón de nuevos fans (por eso, entre otras cosas, siguen estando en la cumbre del género), no puedo decir que me muera de ganas de escuchar algunas de sus canciones en directo. Y menos en un festival, de pie. Yo, a estas alturas de la jugada, prefiero clásicos, sobretodo si hablamos de una banda como Iron Maiden, cuyos nueve primeros discos son banda sonora imprescindible de mi adolescencia, sobretodo los cinco primeros. Bueno, y “Somewhere in time” también, que por algo los vi por primera vez en esa gira. Desde entonces diria que han sido unas diez veces, son y han sido una de mis bandas fetiche, así que no podia faltar a la cita. Ocho años después de su concierto en Reading, cuando les dió por tocar canciones solamente de sus primeros cuatro álbumes con un repertorio, por cierto, muy poco arriesgado ya de por sí…y que lo fue aún más al basarse prácticamente en los hits de esos discos y no en canciones poco interpretadas en directo. Allí fue donde exterioricé mi aversión, mi tirria hacia “The trooper”, clásico entre clásicos que en algún momento debí aburrir, supongo que harto de escucharla siempre y supongo aún más que mi deseo de escuchar otras canciones me hizo sencillamente desear que no la tocaran. Pero no, siempre estaba presente. Como siempre ha estado presente “Iron Maiden”. Pero no, yo la tomé con “The trooper”, ja ja, y esa noche en Reading la aborrecí (creía) para siempre. Hasta la noche del sábado 1 de junio del 2013. Maiden llevaban ya cinco canciones y, pasado el sarrampión inicial de la correcta “Moonchild” y la insufrible “Can I play with mandes” (por otro lado, muy celebrada), se habían metido en un interesante recorrido por su discografia al ritmo de una debilidad personal como es “The prisioner” (no muy presente en sus últimas giras), una refrescante “2 minutes to midnight” y “Afraid to shoot strangers”, pequeña joya a reinvidicar que sonó de maravilla. Digamos que el calentamiento había terminado, todos estábamos por lo que teníamos que estar, el sonido ya era más que correcto y hasta había logrado olvidarme de la presencia de Janick Gers en el escenario (es un decir, porque es imposible librarse de él…). Y entonces sonó, como una ametralladora, como un certero cañonazo. Ese inolvidable y durante unos años odiado riff. Y la canción empezó a cabalgar como un caballo salvaje coronando la cima con ese  cántico celebérrimo que la identifica. Y el grito que salió de mi garganta aún resuena en los oídos de los que estaban a mi lado. No sé porqué pero disfruté como un maldito canalla, ja ja, y la banda se lanzó a partir de ese momento a un tour de force difícil de igualar e imposible de resistir: “The number of the beast”, “The phantom of the opera” y “Run to the hills”. La temperatura no podía estar más alta. La banda, impecable en escena. Steve Harris, para quién parece que no pasen los años, incansable con su bajo, sus vermudas, sus greñas, su muñequera…todo en su sitio. Dickinson pletórico de voz,mostrando las razones que lo han llevado a ser uno de los mejores del mudno en su puesto (o el mejor…), Murray (sensiblemente hinchado, por cierto) delicado y preciso. Adrian Smith secundándole como siempre y tomando la alternativa cuando tocaba. Nicko McBrain disfrutando como un enano y demostrando porqué es uno de los batería más completos que ha dado el heavy metal. Y luego, claro, estaba el notas de Janick Gers, que desde la vuelta de Adrian Smith lo único que hace en el escenario es estorbar, hacer malabarismos con su guitarra y correr de un lado para otro. Su presencia en la banda, más allá de que en su momento fuera una imposición de Bruce Dickinson para volver al grupo, se me antoja como un misterio gordo gordo. Pero bueno, los primeros acordes de “Wasted years” me trasladaron a esa primera gira vivida con 16 años en primera fila del Palacio de los deportes. Y con eso está todo dicho. “Sooo, understand…” Luego tocó bajón, y grande, con “Seventh son of a seventh son”. Demasiado larga, el grupo se perdió un poco y el ritmo del concierto se resintió de ello, con lo cual disfrutamos menos de una de las dos grandes joyas de ese disco, “The Clairvoyant”, que de todas maneras nos sacó del sopor producido por su predecesora. Y entonces Janick Gers tuvo su minuto de gloria, los primeros acordes de “Fear of the dark”, un clásico por derecho propio que volvió a poner definitivamente las cosas en su sitio, mientras las notas de “Iron Maiden” (coreada con ganas, muchas ganas) nos indicaban que el set había llegado a su fin.

El bis, de tres canciones, se inició con una sorpresa: “Aces high”, precedida por el discurso de Winston Churchill. No lo esperaba y fue, para mi, LA canción de la noche, con el permiso de “The trooper”. Yo ya iba algo escaso de fuerzas pero cuando llegó el momento de cantar “Live to fly, fly to live, do or die…Run, live to fly, fly to live, aces high” me encontré cantándolo a pleno pulmón, supongo que desafinando como un condenado, enfervorecido y en el séptimo cielo. Gloria bendita, gallina de piel a raudales, emoción desbordada, el notar que algo es parte inseparable de ti, esos momentos especiales que pasan de vez en cuando, esos instantes mágicos de los conciertos cuyo recuerdo estará contigo siempre. Pues eso fue “Aces high” esa noche, curiosamente una canción que no saldría en mi Top5 del grupo. Y que entraría justita en el  Top10. Cuando terminó no se cómo me quedaron fuerzas para seguir headbangeando (por cierto, cuanta añoranza de mis greñas!, un concierto heavy sin ellas no es lo mismo, snif) con “The evil that men do”, supongo que la brillantez de la canción en sí ya fue suficiente, la otra perla del “Seventh..”, clásico también indiscutible. El final fue un final simpático, no intenso, ya que la escogida fue “Running free”, una canción de lo más sencillito que adoraba años atrás y que ahora me limito a escucharla con una sonrisa. Y esa noche, la verdad, ya no podía más. Llegan a tocar “Sanctuary” y ent0nces ya no llego a Anthrax…

Fue pues una velada emotiva, nostálgica y todo lo que querais, pero efectiva como pocas, ejecutada por unos profesionales como la copa de un pino, que saben (siempre lo han sabido…bueno, casi siempre) lo que quieren y que han conseguido mantenerse en brecha durante ya hace más de treinta años. Y eso, no solamente para una banda de heavy metal sino para cualquier banda, es un logro al alcance de muy poco elegidos. Iron Maiden son uno de ellos y me atrevo a decir que lo seguirán siendo mientras tengan ganas de serlo. Un placer, y muchas gracias.

~ per picanyol a 05/06/2013.

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